200 años de la Provincia de Colchagua

Los anales de la historia suelen registrar las fechas con estricto rigor, pero existen hitos que trascienden el papel; hay momentos que despiertan un espíritu que ya latía en el barro, en los ríos y en la sangre de su gente. El 30 de agosto de 1826 fue la jornada en que el naciente ensayo federal de la República iniciado por José Miguel Infante trazó con tinta los contornos de la cuarta provincia de Chile, delimitándola con orgullo «desde la orilla sur del río Cachapoal hasta el río Maule». Aquel día, asegurada la independencia tan deseada por nuestros compatriotas, el primer presidente Manuel Blanco Encalada consagró un territorio que llevaba siglos respirando su propia verdad, modelando su propio destino y forjando una identidad que jamás se doblegaría ante el olvido.

Colchagua no nació con una norma: esa ley solo vino a nombrar lo que ya era eterno. Nació en los asentamientos ancestrales de los promaucaes bajo el cielo de Nancagua y Lihueimo, Rapel y Pichidegua; se forjó entre las salinas de Cáhuil y Lo Valdivia, y en el coraje libre de una tierra que, desde sus albores, ha sido la gran productora del alimento del país. Se escribió en las sendas polvorientas donde cabalgó Manuel Rodríguez junto a sus Húsares de la Muerte durante las noches más oscuras y bravas de la Independencia. Colchagua es, en esencia, el reflejo más auténtico de Chile: un valle inabarcable donde el esfuerzo indómito de su gente se fundió para siempre con los ritmos de la naturaleza, engendrando una tierra fecunda, el corazón mismo de la patria.

Cuando un joven Charles Darwin recorrió la costa, los valles y las estribaciones de nuestra cordillera en la década de 1830, acompañado a momentos por el intendente y revolucionario independentista Feliciano Silva, sus ojos de naturalista quedaron subyugados ante el contraste sobrecogedor de este suelo. Vio la muralla imponente de los Andes, coronada de nieves eternas, vigilar con solemne silencio la fertilidad generosa de los llanos agrícolas regados por el Tinguiririca y el Cachapoal. Darwin observó la geología de un continente en formación y atestiguó el vigor de una naturaleza magnánima que alimenta a todos por igual.

Y es que Colchagua ha sido desde siempre motivo de ese asombro. Ya en 1789, el padre Felipe Gómez de Vidaurre la señalaba como «una de las más apreciables del reino de Chile por la gran fertilidad de sus tierras». Una visión que, más contemporáneamente, el Premio Nacional de Historia Eduardo Cavieres refrendaría al manifestar que este rincón es «territorio, es paisaje, es economía, es movimiento de hombres y circulación de mercaderías»; un ciclo inagotable de trigo, viñas y esfuerzo humano que comenzó hace tantos siglos.

Ser colchagüino es, por tanto, llevar impresa en el alma la dignidad campesina. No es una casualidad que a esta franja de tierra se le reconozca, sin discusión ni titubeos, como la cuna más genuina del huaso chileno. Nadie logró retratar esa fibra con tanta agudeza lírica y apasionada como el intrépido periodista Archibaldo «Chito» Morales Villanueva, cuando en 1956 escribió estas líneas en El Guerrillero: «La provincia de Colchagua es denominada con justicia la más huasa de Chile. Y esto es cierto, claro y evidente como un axioma. El huaso colchagüino no es solamente el tipo tradicional de nuestros campos y como tal genuinamente folclórico, es algo más. Este huaso de chamanto multicolor, dicharachero, mordaz, violento, romántico y cruel a veces ha representado en nuestra historia toda una trayectoria magnífica».

En esa brillante definición palpita el carácter de nuestra gente. Somos el verso campesino que improvisa en el guitarrón, a veces al amparo del canto a lo humano y a lo divino; somos el galope firme en las mañanas de helada; la nobleza hospitalaria de quien comparte el pan y el vino en la mesa del hogar; y la bravura indómita de quien defiende su raíz con orgullo inquebrantable.

¿Qué es Colchagua sino un lienzo infinito de oficios, colores y melodías? Es el aroma a roble y mosto fermentado en las bodegas de Santa Cruz y Peralillo; la nobleza humilde de las manos que trenzan el mimbre con maestría inigualable en Chimbarongo; el rumor constante de los telares y sombreros de La Lajuela. Son las arcillas modeladas con paciencia en Pañul; los aceros forjados a fuego en las fraguas de Población; la profunda devoción y tradición religiosa de Puquillay, Ciruelos y San Pedro de Alcántara; y el vínculo eterno e indomable con el océano en Matanzas, Bucalemu y Pichilemu.

Es también el viaje que desciende desde la imponente cordillera al poniente, atravesando Puente Negro, Manantiales, Cunaco, Auquinco, Quinahue, Nilahue Cornejo, Alto Ramírez… hasta tocar el horizonte salobre de la costa. Allí, donde la brisa del Pacífico bate los acantilados, donde los salineros continúan cosechando el oro blanco del mar con la misma técnica de sus antepasados —que también son los nuestros—, y donde el viejo, a veces imaginario ramal del ferrocarril alguna vez soñó con enlazar las cumbres andinas con un puerto mayor hacia el mundo. Entre el picacho albo y el mar verdiazul se extiende esta patria chica que amamos con fervor.

A lo largo de estos doscientos años, la historia administrativa de Colchagua ha sido un testimonio innegable de resiliencia. Fuimos provincia cabecera, pilar fundamental de la naciente República; vimos partir departamentos que formaron nuevas provincias hermanas, como Curicó y Talca, y resistimos los embates de la arbitrariedad centralista. Sufrimos la dolorosa supresión y fusión con O’Higgins en 1928, impuesta por el régimen dictatorial de Ibáñez. En aquellos años oscuros, voces valientes como la del periodista sanfernandino Augusto Olivares defendieron en las páginas de La Palabra nuestra autonomía, arrebatada por el nivel central. Y no fue en vano: recuperada la democracia, nuestros parlamentarios, encabezados por el diputado Óscar Gajardo y respaldados por el inquebrantable empuje del pueblo colchagüino, se alzaron con hidalguía para restaurar nuestro legítimo orden territorial en 1934.

Décadas más tarde, el proceso de regionalización de 1976 revivió aquel antiguo anhelo centralista, fusionándonos nuevamente con O’Higgins en la entonces denominada VI Región. Pero la geografía del alma no se borra con un decreto, ni se diluye en una fría división administrativa. Las comunidades históricas e intergeneracionales poseen una cultura profunda que trasciende cualquier mapa coyuntural. La hermandad indisoluble entre el valle interior y la costa de Cardenal Caro —el Gran Colchagua de ayer y de siempre— sigue latiendo fuerte en cada rincón de nuestra tierra.

Llegamos a este Bicentenario con la frente en alto y el corazón colmado de gratitud hacia los hombres y mujeres que nos precedieron: los agricultores, los arrieros, los “puetas” populares, las cantoras, los maestros, los servidores públicos y las familias que, con callado esfuerzo, han hecho grande este suelo.

Al cruzar el umbral de estos doscientos años, es un deber ineludible conmemorar el pasado, pues nada somos sin quienes prepararon la tierra y formaron los cimientos que hoy habitamos. Pero resulta aún más imperativo proyectar con audacia el porvenir. Nos corresponde la misión histórica de salvaguardar nuestro patrimonio material e inmaterial, proteger celosamente la fertilidad de nuestros campos, defender la dignidad del mundo rural y pensar en un futuro mejor para los colchagüinos. Al fin y al cabo, frente a este bicentenario, ¿por qué no anhelar, con legítimo orgullo, el lugar que a nuestra provincia le corresponde en el concierto nacional?

Que las campanas de nuestras antiguas iglesias repiquen con júbilo. Que la música de Los de Ramón y el rasgueo de las guitarras sigan encendiendo el orgullo de pertenecer a este rincón privilegiado del mundo. Que los versos inmortales de “Ganchete”, el arrojo deportivo de Stephanie Vaquer, el inmenso legado espiritual del Cardenal José María Caro, el talento pionero de Agustina Gutiérrez, el servicio público de Eduardo Andino, el esforzado trabajo de las manos campesinas y la labor tesonera de tantas personas anónimas que han construido nuestro territorio, sigan siendo nuestro faro de inspiración.

Que nuestra antigua ex Intendencia, hoy herida por el tiempo, renazca pronto como el símbolo de esa relevancia arrebatada que sigue intacta en el corazón colchagüino. Y que, como cantaban Los de Ramón en su inolvidable «Nostalgia Colchagüina», nunca olvidemos el peso de nuestra identidad, donde el paisaje y la pena se funden al partir: «Cuando de Colchagua vine / Cantando la pena mía / En las aguas de la noche / La luna quedó dormida / Y mis espuelas llorando / Me dieron la despedida».

Porque mientras un solo colchagüino ame sus tradiciones, honre su tierra y mire al futuro con esperanza, la llama de Colchagua arderá, soberana e inmortal, por los siglos de los siglos.

¡Brindo por ti, noble y amada Provincia de Colchagua, en tus doscientos años de gloria! ¡Que los próximos dos siglos sean aún mejores! ¡Salud!