Ser pichilemino

Hace unos días, circuló en redes sociales un video donde se reflexionaba sobre qué significa “ser de Pichilemu”. Se decía que, para afirmar que se es oriundo de esta tierra, hay que tener ciertas cualidades y conocer la historia local, como saber cuándo se creó la comuna o quién fue Evaristo Merino. Hoy, continuaba expresando, “todo el mundo quiere ser de Pichilemu” pero, para ser parte de la comunidad, hay que aportar, conocer nuestra idiosincrasia y tener respeto por la tierra.

El argumento toca una fibra muy sensible y puede servir como punto de partida para una interrogante que no tiene respuesta fácil: ¿qué es ser pichilemino? No hay una respuesta única. ¿Cuál es la identidad de Pichilemu? ¿Cómo se construye un pichilemino? ¿Nace o se hace?

Hemos intentado responder estas preguntas en varias ocasiones en los espacios semanales en Radio EntreOlas, donde hablamos de la historia local. ¿Es la identificación con la arquitectura y la obra de Ross? ¿Es el surf, a partir de aquella visita del misterioso gringo californiano hace seis décadas y todo lo que vino después con los campeonatos y talentos locales como Navarro y Cortez? Las dignas parejas de cueca que nos han representado a nivel nacional por años, ¿eso es ser pichilemino? ¿Lo son las salinas de Cáhuil y las artesanías de Pañul? ¿Las ruinas de Tanumé? ¿La poesía popular de Ganchete y tantos otros cultores? ¿Usar palabras autóctonas como “fato” y “fatura”? ¿Es haber estudiado en las monjas, la Digna o el LARE? ¿O son las tradiciones campesinas del secano costero que nuestro escudo municipal de 1986 intentó plasmar junto a los deportes náuticos? Yo creo que somos la suma de todo eso. Sin embargo, definir formalmente cuál es la identidad pichilemina es un diagnóstico que, desde la institucionalidad, derechamente nunca se ha hecho.

Pichilemu ha sido, desde sus orígenes, un punto de encuentro y de constante transformación. Desde aquellos rucos que conoció el capitán Vidal Gormaz hasta la llegada del millonario Ross que transformó el actual casco histórico, pasando por la vida humilde y esforzada del fundo y los cerros de nuestro secano, generaciones y generaciones que han dado vida a esta tierra apartada de las grandes urbes, donde los inviernos eran tan crueles como bien lo retrataba la canción de Hugo Díaz Jirón.

La ciudad viva muta, y muchos añoramos con nostalgia aquellas épocas en que algunas antiguas casas adornaban las principales arterias, o cuando uno podía asomarse libremente por los miradores de Infiernillo antes de que las nuevas construcciones nos taparan el mar. Con cada rincón que se transforma en cemento gris, y con cada expresión patrimonial que desaparece en el silencio, perdemos una porción de nuestra memoria viva que urge defender y proteger.

Si nos ponemos estrictos con el pedigrí pichilemino, ¿qué hacemos con aquel legendario gringo que introdujo la tabla en nuestras costas? Ese extranjero no nació entre calles polvorientas, probablemente lo hizo en la lejana California, pero su llegada y el posterior mito que se forjó a su alrededor moldearon para siempre lo que hoy el mundo entiende por Pichilemu, la autoproclamada “capital mundial del surf”. ¿Le negaríamos su aporte?

Hoy, ser pichilemino puede ser el pescador artesanal, pero también el emprendedor que llegó hace cinco años, se integró y paga sus patentes. El verdadero problema no es el “afuerino”, sino el fenómeno de la gentrificación. Preocupa aquel residente que se instala por la tranquilidad, pernocta y utiliza los servicios de la comuna —encareciendo silenciosamente el costo de vida y el suelo para los vecinos históricos—, pero cuya vida, inversión y compromiso están en otro lado, sin retribuir a la tierra que habita, sin interés en integrarse al tejido social. Y ahí surge otro tema, ¿estamos haciendo suficiente por integrar a los nuevos residentes?

El desafío no está en levantar muros entre los nacidos y criados —los “poto salado”— y los recién llegados. El desafío es educar e integrar. Necesitamos que nuestra historia se enseñe, que en las escuelas los niños conozcan sus raíces. Que nuestras instituciones reconozcan a quienes construyeron la comuna, dándole a nuestras nuevas calles y villas los nombres de aquellos dirigentes sociales e hijos ilustres que entregaron su vida por la zona, en lugar de bautizarlas con conceptos vacíos, a veces ininteligibles. Hay que invitar a los nuevos vecinos a empaparse de la esencia pichilemina para que la sientan propia y, en consecuencia, la defiendan.

Ser pichilemino, al final del día, no lo dicta un certificado de nacimiento —muchos, de hecho, nacimos en Santa Cruz por la simple razón de que aquí no se podía nacer—, no pasa por responder una trivia, ni tampoco constituye la membresía de un club de élite. Es un compromiso. Es amar esta tierra, respetar profundamente sus tradiciones y asumir la responsabilidad cívica de participar en las decisiones que forjan su desarrollo.