En un país que envejece aceleradamente, como lo hace Chile, mirar hacia nuestras personas mayores no puede ser solo una obligación institucional o una fecha en el calendario. Debe ser una responsabilidad ética, humana y política.
Hoy, más de 3,6 millones de chilenos y chilenas tienen 60 años o más. Son abuelos, madres, tíos, vecinas. Son también trabajadores jubilados, mujeres que dedicaron su vida al cuidado de otros, dirigentes comunitarios, sabias silenciosas de nuestras calles y campos. Pero, en demasiadas ocasiones, son también invisibles.
Porque el maltrato hacia los adultos mayores no siempre deja huellas físicas. A veces es un gesto condescendiente, una decisión tomada sin consultarles, una cita médica postergada una y otra vez. A veces es hablarles como si fueran niños, no escucharlos cuando opinan, o simplemente ignorarlos. Estas formas de violencia sutil se enraízan en una cultura que asocia la vejez con inutilidad, fragilidad o carga.
Y no es así. En cada rincón del país hay adultos mayores activos, empujando emprendimientos, cuidando nietos, participando en clubes, compartiendo saberes. Pero también hay otros que viven solos, con pensiones insuficientes, enfrentando enfermedades sin apoyo, sin transporte, sin acceso a actividades o espacios de esparcimiento. ¿Qué hacemos como sociedad por ellos?
Según la Séptima Encuesta Nacional sobre Inclusión y Exclusión Social de las Personas Mayores, una parte importante de quienes envejecen en Chile siente que la sociedad no los valora, que los servicios no están pensados para ellos, que su voz no es escuchada. Esa percepción es un espejo incómodo. No podemos hablar de inclusión si seguimos empujando a un grupo creciente de chilenos a la marginalidad silenciosa.
La vejez no debe vivirse como un castigo ni una etapa de abandono. Debe ser una etapa digna, activa y plena. Y eso implica transformaciones profundas: mejores pensiones, ciudades más amigables, salud con enfoque geriátrico, espacios comunitarios activos, políticas públicas con participación efectiva de las personas mayores. Pero también implica algo más íntimo: respeto cotidiano, conversación intergeneracional, escucha real, paciencia, presencia.
Porque el buen trato no es solo una campaña; es una cultura. Y construirla es tarea de todos: del Estado, de las familias, de los barrios, de los medios, de ti y de mí.
El trato que hoy damos a quienes envejecen es el reflejo de cómo entendemos la dignidad humana. Y también es una proyección: la sociedad que construimos para ellos será la misma que nos recibirá mañana.
Diego Grez Cañete
Periodista y estudiante de Derecho

