La inquebrantable historia de esfuerzo de Carmen Vargas Carreño

En pleno verano, cuando la costa se llena de visitantes y el ritmo de la ciudad se acelera, hay rostros que permanecen como testigos silenciosos de la verdadera identidad local. Uno de ellos es el de Carmen Vargas Carreño. A sus 64 años, atiende cada temporada su kiosco en la playa de Pichilemu, un espacio que es el refugio de una mujer cuya vida ha estado marcada por el trabajo duro, la resiliencia y un profundo amor por su tierra.

Nacida el 26 de enero de 1960, Carmen es pichilemina de tomo y lomo. Su historia es un reflejo de esa época en que la vida en la costa exigía forjar el carácter desde la infancia.

Para entender la fuerza de Carmen, hay que mirar hacia sus raíces. Es hija de Juan Vargas, conocido popularmente en la zona como el “Moncho Tripa”, y de Ester Carreño Lizana, a quien apodaban como integrante de “las Culebras” —una costumbre tan propia de nuestra cultura pichilemina, donde los apodos, para bien o para mal, construyen el mapa social de la comunidad.

Siendo parte de una numerosa familia de diez hermanos, el concepto de descanso fue efímero. A los ocho o nueve años, mientras otros niños jugaban, Carmen ya conocía el rigor del trabajo pesado. Acompañaba a su padre en el rubro de la construcción, en tiempos donde todo se hacía a pulso: revolvía mezcla directamente en el suelo, mojaba la tierra y cargaba ladrillos. Ese esfuerzo temprano moldeó unas manos que nunca dejaron de producir.

Con el paso de los años, su espíritu trabajador no mermó, sino que se transformó. Carmen ha sido un rostro conocido en múltiples oficios a lo largo de su vida. Fue vendedora de verduras y, durante muchos años, se dedicó a amasar y vender tortillas, un oficio noble y sacrificado que espera retomar pronto si la salud se lo permite.

Su núcleo familiar también está profundamente entrelazado con el tejido “histórico” de Pichilemu. Casada con José González —a cuya familia se le conoce como miembro de los “Chupircas”—, Carmen se unió al linaje del recordado poeta local Antonio Álvarez Gaete, más conocido como “Ganchete”, de quien su esposo es nieto. Hoy, mira con orgullo el fruto de su esfuerzo en sus cuatro hijos, quienes se desempeñan como maestro, mecánico, funcionario de seguridad ciudadana e, incluso, una bióloga marina.

“Por mí ya estuviera muerta, pero el Señor no ha querido llevarme. Algo tendré que hacer todavía acá en la tierra.”

Quizás el capítulo más sobrecogedor de la vida de Carmen es su incansable lucha por la salud. El cuerpo resiente los años de trabajo pesado, y ella lo sabe de primera mano. Ha entrado a pabellón en doce oportunidades por diversas complicaciones derivadas del desgaste físico.

El golpe más duro llegó recientemente con un diagnóstico devastador: cáncer al páncreas con un tumor maligno, una condición fuera de las coberturas estatales que implicó un costo altísimo, tanto económico como emocional. Sin embargo, contra todo pronóstico, Carmen sigue “paradita”. Su fe y su arraigo a la vida son el motor que la mantiene activa.

Hoy, buscando un ritmo un poco más pausado tras sus enfermedades, Carmen abre su kiosquito en la playa durante la temporada estival. Aunque dice que es algo temporal, sus ojos la delatan: le fascina la playa, le gusta estar ahí, sintiendo la brisa de la comuna que la vio nacer y crecer.

Carmen Vargas Carreño es parte del patrimonio humano de nuestra costa, una encarnación viva del sacrificio de las familias pichileminas de antaño y una demostración palpable de que la identidad de un lugar se construye, día a día, con las manos de su gente.