Volver al pasado

Las urnas locales dejaron una lección clara en las elecciones de 2024: tras un periodo de transición que dejó un sabor amargo, marcado por el descalabro financiero y la sensación de una comuna a la deriva, los votantes optaron por el refugio de lo conocido, trayendo de vuelta a la administración que manejó los hilos del municipio por más de una década.

La gestión edilicia anterior prometía ser la tan ansiada renovación, pero terminó siendo el fiel reflejo del refrán popular: mucho ruido y pocas nueces. Quien fuera ungido originalmente como el delfín político de su predecesor debía encarnar una continuidad, pero modernizadora. Sin embargo, una serie de profundas desavenencias alejaron al aprendiz de su maestro, fracturaron al sector y los llevaron a competir encarnizadamente por el sillón alcaldicio.

En aquella contienda, el alcalde del periodo 2021-2024 fue incapaz de retener su cargo, sepultado por el peso de una gestión que no dio el ancho. Su mandato no solo falló en lo político y lo operativo, sino que derivó en un grave déficit presupuestario. Este desastre financiero fue, lamentablemente, validado por la pasividad y complicidad de los exconcejales, quienes fallaron en su labor fiscalizadora. Más, a través de una carta, ratificaron su accionar.

Huyendo de esa debacle, la ciudadanía eligió el pasado. Su regreso fue pavimentado por la nostalgia colectiva y la promesa implícita de recuperar un Pichilemu más ordenado. No obstante, el retorno de este liderazgo histórico abre una interrogante muy profunda: ¿puede un estilo de gobernanza diseñado para la comuna de hace diecisiete años resolver verdaderamente la crisis del territorio en el que nos hemos convertido?

Quienes basan su actuar y gestión en el pasado corren el peligroso riesgo de intentar gobernar el presente con un mapa obsoleto. El Pichilemu que la actual autoridad dejó atrás hace unos años ya no existe; la pandemia, la migración nacional y extranjera, así como la explosión inmobiliaria transformaron radicalmente el tejido social y urbano de la comuna.

Hoy, la gestión comunal no puede limitarse a la clásica política que tanto rédito generó en el pasado. La crisis de seguridad es un claro ejemplo: Pichilemu ya no solo lidia con las escaramuzas nocturnas del verano, sino que enfrenta delitos de mayor connotación social. A esto se suma el caos territorial provocado por los loteos y construcciones irregulares, junto con la presión sobre zonas vulnerables; escenarios que exigen una fiscalización estricta, mucho más allá de la simple buena voluntad.

El peligro de este nuevo ciclo es que termine convirtiéndose en un mero gobierno de mantención. Restablecer el orden básico, tras la deficiente y deficitaria administración anterior, es necesario, pero de ninguna manera suficiente. Sin proactividad, Pichilemu habrá desperdiciado años clave para planificar su futuro a largo plazo. Una comuna que crece a este ritmo exige una estructura municipal profesionalizada, transparente y eficiente, lejos del clientelismo y del caudillismo que hemos conocido por décadas.

Gobernar nuevamente, tras un receso de tres años y medio, es un arma de doble filo, pues ya no existe la cómoda excusa de la herencia recibida, sobre todo porque al revisar el inventario de los problemas estructurales de Pichilemu, el actual alcalde inevitablemente se encontrará con su propia firma. El verdadero desafío será demostrar que este regreso no es el último respiro de una vieja forma de hacer política, sino la evolución de un liderazgo que aprendió a leer las exigencias de los tiempos modernos. De lo contrario, los pichileminos aprenderemos a la fuerza que intentar conducir el futuro mirando por el espejo retrovisor garantiza un choque seguro.