Septiembre siempre nos invita a mirar hacia nuestras raíces. Durante este mes, el país entero se vuelca a celebrar su identidad, sus tradiciones y su cultura, pero en Pichilemu, esa reflexión debe ir mucho más allá del embanderamiento pasajero. Ya en 1965, en una crónica de la revista En Viaje, se describía poéticamente a nuestra comuna como “un abrazo de campo y mar”, un lugar de “belleza extraña en que el campo como un poderoso río de caudales verdes sale al encuentro del mar hasta abrazarse a él”. Sin embargo, hoy nuestra mirada suele detenerse únicamente en el mar y el bullicio estival, olvidando con demasiada frecuencia que el corazón histórico y cultural de nuestro territorio late con una fuerza inquebrantable hacia el interior, en nuestra ruralidad.
Lugares como Ciruelos, que antaño fue el polo espiritual y administrativo de nuestro territorio albergando a la Parroquia de San Andrés, son fundamentales. Lo mismo ocurre con Cáhuil, Barrancas y La Villa, cuyos salineros fueron reconocidos en 2011 como Tesoros Humanos Vivos por su oficio precolombino. Estos sectores no son ni deben ser simples postales pintorescas o paradas obligadas para que el turista de verano compre artesanía. Son, en realidad, los repositorios vivos de nuestra memoria comunal. La historia no es un libro cerrado que acumula polvo. Tal como establece la UNESCO para salvaguardar el patrimonio inmaterial, se trata de una herencia que se transmite de generación en generación, infundiendo un sentido de identidad que respira todos los días en los relatos de nuestros vecinos mayores, en la arcilla moldeada en Pañul que ilustra nuestra histórica economía de subsistencia, en la casi desaparecida arquitectura de adobe y en oficios que se niegan a desaparecer.
Sin embargo, en el afán por modernizarnos, este invaluable patrimonio a menudo queda relegado. La mirada sobre la comuna ha tendido a enfocarse de manera casi exclusiva en el radio urbano y en la urgencia del turismo de temporada. El desarrollo no puede seguir siendo un fenómeno exclusivo del centro, mientras los sectores rurales enfrentan escasez de servicios y la amenaza constante de un crecimiento inmobiliario desregulado, algo que salta a la vista en Cáhuil, El Pangal y Cardonal de Panilonco. Las parcelaciones al margen de la planificación, que terminan vulnerando el espíritu del Artículo 55 de la Ley General de Urbanismo y Construcciones, hoy presionan de manera crítica los ecosistemas y nuestras formas de vida tradicionales.
Proteger nuestras tradiciones vivas no significa congelar a las comunidades rurales en el tiempo bajo una vitrina de museo. Al contrario, significa dotarlas de herramientas reales para que su legado perdurable coexista y prospere junto con el crecimiento de la comuna. Requiere un compromiso institucional y ciudadano que pase de las buenas intenciones a la acción permanente en el fomento y rescate de nuestro patrimonio. La labor de nuestros agricultores, salineros y creadores locales sostiene la identidad de Pichilemu todo el año; valorarlos realmente implica reconocer y fomentar su trabajo en nuestro diario vivir, más allá de la anécdota turística o la festividad de turno.
Pensar en el Pichilemu del mañana, ese que queremos heredar a las próximas generaciones, exige que miremos con respeto y visión integral hacia nuestro entorno. Una comuna verdaderamente moderna debe ser capaz de integrar a los sectores rurales como protagonistas fundamentales de su identidad, protegiendo su riqueza histórica con el mismo celo con el que cuidamos nuestras playas y espacios públicos. Porque una comuna que no comprende ni valora de dónde viene, difícilmente tendrá los cimientos necesarios para construir el futuro que su gente merece. Es hora de hacer justicia a nuestra historia para que ese viejo y anhelado “abrazo de campo y mar” deje de ser un recuerdo literario, y se convierta, por fin, en nuestra realidad cotidiana.

