Hay recuerdos que uno guarda en un lugar especial, casi sagrado, porque marcaron nuestra infancia de una manera profunda. Uno de esos recuerdos, que siempre vuelve a mí con una mezcla de ternura y nostalgia, son las cartas que —supuestamente— me escribía Mickey Mouse.
Aprendí a leer muy pequeño. Según mi mamá, ya descifraba palabras cuando tenía apenas dos años y medio. En mi casa había una biblioteca repleta de libros de cuentos que me acompañaron en esos primeros años: animales que hablaban, reinos lejanos y héroes que vencían peligros imposibles. De todos ellos, mi favorito era un libro titulado “El pájaro de oro y otros cuentos”. También había libros de poemas y novelas como Sub Terra, que me observaban desde el estante como prometiendo aventuras futuras.
La tele nunca me llamó demasiado la atención. Pero había una excepción absoluta: Mickey Mouse. Era mi héroe pequeño y redondo. Tenía ropa de Mickey Mouse, un jarrito de Mickey Mouse, y varios VHS que miraba una y otra vez. Por eso, supongo, a mi papá se le ocurrió una idea tan linda como ingeniosa.
Un día, mientras hojeaba por enésima vez el libro del Pájaro de oro, encontré un papel doblado entre sus páginas. Era una carta. Una carta firmada por Mickey Mouse. No recuerdo exactamente qué decía, pero sí recuerdo la emoción: Mickey me aconsejaba que me portara bien, que obedeciera a mis papás, que siguiera siendo ese niño curioso que disfrutaba de leer.
Yo, con toda la seriedad del mundo, le respondí.
Y él me respondió otra vez.
Y así se generó una pequeña correspondencia con mi héroe animado. Yo escribía con la emoción de saber que Mickey Mouse, desde algún lugar mágico, estaba pendiente de mí. Mi papá —mi verdadero héroe, aunque uno entiende esas cosas mucho después— escribía esas cartas en los computadores de la Municipalidad. Y como yo siempre estaba en el living, buscaba la forma de esconderlas entre los libros que sabía que iba a abrir.
Era una idea simple, pero llena de amor. Un gesto que hacía que mi mundo infantil tuviera aún más fantasía. Hoy, cada vez que recuerdo esas cartas, me invade una emoción dulce. Porque detrás de cada palabra escrita por Mickey estaba mi papá, dedicando tiempo, creatividad y cariño para alimentar mis sueños.
Lamentablemente, ya no conservo ninguna de esas cartas. Se perdieron en el camino, entre mudanzas, cajones y el paso inevitable del tiempo. Pero lo que nunca se perdió fue el gesto. Ese acto sencillo, lleno de imaginación y cariño, sigue siendo uno de los recuerdos más valiosos que tengo de mi infancia.
A veces, los detalles más pequeños son los que más nos acompañan toda la vida. Y esas cartas, aunque ya no estén físicamente, siguen siendo uno de mis tesoros más queridos.

