Pichilemu sin políticas públicas de largo plazo

El mando de las comunas cambia de manera más o menos brusca cada cuatro años, cuando se producen elecciones. En Pichilemu, por más de dos décadas hemos tenido administraciones relativamente continuas, incluso dentro del mismo sector político. Desde Jorge Vargas en los años 90 hasta los periodos de Roberto Córdova, pasando por alcaldías breves como las de Víctor Rojas, Marcelo Cabrera o Cristian Pozo, la comuna no ha vivido grandes alternancias. Pero aún así, Pichilemu ha sufrido un problema igual o quizá más complejo: la ausencia de políticas públicas de largo plazo, incluso dentro de gestiones que se suceden a sí mismas.

Aquí, el “empezar de cero” no ocurre por cambios de alcalde, sino por falta de visión estratégica, prioridades que se desplazan con el tiempo, proyectos que no se continúan, diagnósticos que no se usan y estudios que quedan guardados mientras la ciudad crece sin dirección clara, porque se piensa siempre en la época de elecciones y en cómo obtener más votos.

El mejor ejemplo es el plan regulador, vigente desde 2004. Todos reconocen que está obsoleto, todos saben que el crecimiento urbano exige una actualización profunda, pero las sucesivas administraciones no han logrado concretarla. Cambios menores, se viene una elección… y el trabajo queda a medias.

La continuidad política no ha logrado traducirse en continuidad técnica. Pichilemu ha tenido obras que tardan años en ejecutarse, mejoras que nunca se completan o intervenciones que se rehacen porque la mirada comunal cambia dependiendo del cálculo político o el conflicto del mes.

Este problema afecta directamente el desarrollo de la comuna. Sin políticas de largo plazo es difícil planificar la infraestructura, ordenar el crecimiento urbano, garantizar servicios para la población estable, gestionar el turismo con sustentabilidad o cuidar nuestro borde costero. Una ciudad que crece rápido necesita una hoja de ruta, y esa hoja de ruta no puede depender del entusiasmo del momento, de un anuncio de campaña o de la voluntad de un equipo municipal que cambia de un año a otro.

Pichilemu necesita compromisos comunales que trasciendan a las personas y a los periodos. Metas a diez o quince años que el concejo municipal, la ciudadanía y los equipos técnicos ratifiquen como indispensables, independientemente de quien esté sentado en el sillón alcaldicio. Ese es el verdadero desafío: construir políticas públicas estables, medibles y ejecutables.

Porque no basta con tener administraciones largas: lo que necesitamos son proyectos largos, visión larga, planificación larga. Una ciudad no madura por continuidad política, sino por continuidad de propósito. Y ese propósito —el desarrollo de Pichilemu— es demasiado importante para seguir reinventándolo una y otra vez.

Es momento de superar el “cada cierto tiempo, empezar de cero” y reemplazarlo por algo más simple y más urgente: empezar, y seguir. Porque una ciudad no se construye según el calendario político, sino según las necesidades de su gente. Y los pichileminos ya no pueden seguir esperando.

DIEGO GREZ CAÑETE

Periodista y estudiante de Derecho